Yo, el otro
Te entregaste a los placeres de la carne sabiendo que el corazón de quién robabas tantos orgasmos tenía dueño, o quizás durante un tiempo fuiste un ingenuo más que pensó que en su vida eras su único hombre. Con la destreza de un estratega la otra parte de la reciente relación que estabas manteniendo acomodaba los encuentros sexuales que tenía contigo con las obligaciones propias de una vida en pareja, evitando con esmero la exposición pública a tu lado y los cuestionamientos que de tu curiosidad pudieran surgir. A tus espaldas o ante tus ojos, sin tu consentimiento o con él te estabas convirtiendo en el tercero en discordia. Un tercero por el que pensaba dejarlo todo o por el contrario sólo te utilizaba como la escapatoria perfecta de una vida de pareja en decadencia. Te invitamos a contarnos como fueron aquellos momentos, en que tenías que decidir entre aceptar el compartir tu reciente conquista o exigir la exclusividad absoluta de su cuerpo y de su corazón.
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