Travestis: la lucha por romper prejuicios

Fuente: ellitoral.com
Su mayor deseo es lograr llevar en el DNI su identidad de género. Viven en un sociedad que naturaliza al trans desde el prejuicio como un adulto, solitario y promiscuo. ¿Cómo es vivir en Santa Fe?
Por Salomé Crespo

Está parada en una esquina del centro un viernes a la noche tarde, muy tarde. Apenas supera el metro y medio de altura y sus rasgos dejan adivinar unos 16 años, no más. Firme, con las manos en los bolsillos de una mullida campera -la temperatura es muy baja- mira al norte; posiblemente, de esa dirección llegue hasta ella el próximo cliente. A pocos metros, otro grupo conversa mientras también ofrecen su cuerpo y su temple en alquiler; son mujeres y travestis. En ese lugar, no era común el tráfico sexual hasta que lo fue.

La calle es el único lugar que recibe a las chicas trans -habitualmente llamados travestis- sin cuestionamientos. Inmediatamente después que el sistema educativo, el sanitario y el laboral las excluye.

Selenia integra la asociación Misser -Movimiento de Integración Sexual, Etnica y Religiosa- y es una referente en la ciudad en lo que es la lucha por la igualdad de derechos y la inclusión.

“Queremos que nos permitan darnos a conocer como personas que somos más allá de lo que cada haga para subsistir. Hoy, un travesti es sinónimo de prostitución y pretendemos revertir eso; queremos lograr que se respete la identidad de género, acceder a una vivienda, salud, educación, como cualquier persona”, pregona. Selenia se levanta todos los días para cambiar la realidad hostil de sus pares.

¿Quién emplearía un travesti?
Valeria recibe a El Litoral en su casa de barrio Schneider; comparten el encuentro en la cocina su madre, una anciana de 94 años “y eterna militante del Partido Justicialista” y Selenia. Un hombre interrumpe la charla: “Te presento a mi pareja, viene de trabajar”; el señor aparentemente es albañil, saluda y se retira. Son una familia, tal vez no encaja en la catalogada como “tipo”, pero sin duda lo son y la conversación se direcciona en ese sentido. Es que, según afirman, el imaginario colectivo recrea a los travestis “como mayores, parados en una esquina y solos”.

Hace siete años que Valeria no ejerce la prostitución en la calle; ahora lo hace en un departamento que alquila con otras chicas trans y atiende solamente a 15 ó 20 clientes hombres fijos. “Ya tengo 40 años y no es lo mismo, por eso estoy intentando dedicarme a otra cosa pero no es fácil”, explica mientras menea su pelo largo y negro. La conversación parte de lo evidente: en las esquinas de las zonas rojas de Santa Fe, donde hace cinco años había una chica travesti, hoy hay tres o más.

“Eso es así desde hace mucho tiempo, Santa Fe es una ciudad chica que siempre consumió chicas travestis y también hay más libertad para estar donde queramos”. Asegura también que ese cambio se debe a que la Policía ya no las persigue después de algunos hechos violentos y trágicos.

En Santa Fe, las avenidas Aristóbulo del Valle, Blas Parera, Freyre y el centro son zonas identificadas como “rojas”. Para Valeria, hay más de 100 travestis que trabajan en Santa Fe y circulan por ciudades del interior como San Lorenzo porque “son más rentables”.

“Todas quisiéramos tener otro trabajo, yo por ejemplo soy actriz y me cuesta muchísimo conseguir una sala. Además, los medios de comunicación nos venden de una manera bizarra, jamás me mostraron con mi familia, por ejemplo. Incluso, los chicos gays tienen más aceptación que nosotros”, lamenta.

Verdugo y consumidor
En la misma sociedad conviven aquellos que le niegan una posibilidad y el que consume lo que ofrecen, a veces coinciden.

“Haciendo ésto conocí gente de todos los ámbitos y muy importantes pero si yo les voy a pedir un trabajo no me dan”, dice irónica Valeria sin demasiada precisión.

—¿A qué ámbitos te referís?

—Empresarios, políticos, deportistas y hasta el que cobra un Plan Trabajar. Nos llaman por morbo, por la novedad o porque les gusta.

—¿Qué te piden cuando están con vos?

—En eso hay mucho de imaginación, forma parte del morbo y la curiosidad de quien no consume, en realidad no piden nada que pueda llamar la atención. Son activos y pasivos y, a la vez tienen su pareja heterosexual.

—¿Mito o realidad que buscan afuera lo que no consiguen en la casa?

—Es así -se ríe-. Tuve clientes, hombres grandes, que cuando se sacan la ropa tienen una tanga espectacular, mejor que la mía. Tienen mucho fetiche con la ropa interior y eso en la casa no lo pueden hacer, entre otras cosas.

—¿Cómo describirías el perfil de tu cliente?

—Casi todos tienen familia, a veces pienso que si tengo que ir a alguna oficina pública a hacer un trámite se van a tirar por las ventanas -se vuelve a reír a carcajadas-. Tengo un cliente hace 15 años y le conozco la vida, supe desde que la hija nació hasta que le festejaron los 15 hace poco. Me cuentan la vida, cuando cambian el auto, si se mudan... a veces el sexo pasa a segundo plano y hago de psicóloga porque en la casa no tienen diálogo. Fundamentalmente, es gente a la que le falta afecto.

—¿Nunca pensaste en utilizar eso para conseguir cosas?

—No, jamás. La ley de identidad de género, por ejemplo, tiene media sanción de Diputados y hay políticos que consumen chicas trans, si quisiéramos podríamos presionar pero mañana vuelven a sacar el código y la policía nos vuelve a perseguir.

—¿Es posible mantener una relación estable y una vida paralela con vos?

—Sí, en algunos casos la esposa sabe pero “de eso no se habla’ y lo hacen para sostener una familia. Es como un pacto.

—¿Qué estrategias sabés que utilizan para encontrarse con vos y seguir con su vida “normal”?

—Me llaman antes o después del horario de trabajo, de la peña de los viernes, del gimnasio, del fútbol con los amigos, inventan reuniones de trabajo. Lo hacen confiados de que la pareja no va a ir a buscarlos, saben el horario en que está ocupada y no va a aparecer.

—¿Hay una hora a la que te llaman más?

—No, lo hacen en el momento que pueden. Pero no es lo mismo el que consume de día que de noche; el de la noche es un pendejo de 25 que salió a un boliche en pedo y quiere probar o le gusta. El otro es el que tiene una vida normal y llama cuando puede, porque no puede irse de la casa a las 2 de la mañana sin que le pregunten dónde va. También tenés los que se organizan en grupo y nos llaman, es para que nadie pueda hablar de lo que hacen porque si cae uno caen todos”.

1 comentario:

Común dijo...

Hola!!!

No suelo visitar estos sitios, es que me dedico a otro tema, jijiji
Tienes temas muy bien tratados, así que te deseo lo mejor en tu vida y en el concurso.

Sabes que te puedes hacer conocer en el foro de los premios hay una conversación para bloggeros mayores de 18, si te interesa te invito a que te des una vueltita por allí… http://foros.20minutos.es/viewtopic.php?f=88&t=19147&sid=55bebf763de30464fc9b2a2a65619dc9


Un abrazo de oso.