Los descubrimientos sexuales de Juliana
Fuente: todorelatos.com (Editado)
Agarré una silla del comedor para poder alcanzar lo alto del armario, pero aún en puntas de pié solo podía meter la mano por encima. Tanteando como estaba, encontré algo que no era la pelota. Agarré una caja de plástico, y al bajarla ví que era un videocasette al que le habían quitado la carátula, quedándose con un intrigante aspecto negro. Dejando la cinta encima de la cama, seguí buscando la pelota sin éxito.

Cuando bajé, muerta de curiosidad, fui al comedor a ver qué película era esa que nunca había visto por casa, y preguntándome cómo se les podría haber caído tan arriba.

En esa época, a diferencia de otras chicas de mi edad, todavía era muy inocente e infantil. No sabía nada de sexo, y mucho menos de que hubiese gente que se grabara haciendo eso. Mi idea de la concepción era totalmente teórica, sin ninguna implicación de placer físico: debía hacerse con una actitud parecida a la que yo mantenía haciendo mis deberes de la escuela. Así que lo primero que sentí cuando vi a aquella rubia penetrada analmente en las escaleras de una casa, fue pánico.

Dos cuerpos desnudos, moviéndose de aquella forma, sus caras, aquella enorme cosa perdiéndose en el cuerpo de la mujer, los gritos... Permanecí unos minutos atónita, sin mover un pelo, mirando como ahora era el señor el que se sentaba en un escalón, y la señora a su vez encima suyo, penetrada nuevamente por el culo. Yo temblaba como una hoja otoñal. Mi infancia estaba llegando definitivamente a su invierno.

De repente, el terror más absoluto: ¿y si entraban mis padres ahora mismo?. Corrí como un rayo a trabar la puerta de entrada, regresé al comedor, saqué la película y la volví a dejar encima del armario. Después de eso las preguntas: ¿Qué hacían esas dos personas exactamente?, ¿Porqué por el culo?, ¿Porqué tenían eso mis padres?, ¿Les gustaba, era bueno?. No tenía ni idea, pero una sensación de certeza me recorría: no debí haber visto eso. Si no, no lo tendrían ahí arriba.

En estos pensamientos se sumergía mi mente cuando regresaron mis padres, que me notaron rara. Estaba absolutamente segura de que lo sabían, de alguna forma se habían enterado. Cada vez que me llamaban temblaba, porque sería de eso de lo que querrían hablar, seguro. Me iban a dar un buen reto. Desde luego, nada de eso pasó, pero apenas dormí esa noche, totalmente intrigada con lo sucedido, y torturándome con la pelota que seguía ahí arriba, las huellas de mis dedos en el polvo acumulado en la carátula, la cinta sin rebobinar. Todo me hacía pensar que me iban a dar un buen reto.

A la tarde siguiente, al volver del colegio trabé la puerta nada más entrar. Busqué la escalera para sacar el vídeo y la pelota, un poco más atrás de éste. Rebobiné la cinta aproximadamente hasta donde recordaba que había empezado a verla, sufriendo inocentemente por el segundo exacto. La volví a dejar en el armario y guardé la escalera.

Durante los días siguientes el miedo seguía por el tema de las huellas dactilares, imaginando a mi madre analizando la cinta con una lupa antes de agarrarla. Desde luego, jamás volvería a tocarla. Por otra parte no podía dejar de hacerme preguntas de todo tipo que no podía responder. En esa época internet era un rumor, y no podía empezar a preguntar cosas a mis amigas, ya que lo lógico era que no me hablaran más por degenerada y se lo contaran a mi madre.

Nada volvió a ser lo mismo. Ya no estaba sola en casa por las tardes, estaba la cinta. De vuelta a casa ya podía notar su presencia, cada vez más cercana y casi insoportable cuando estaba en el comedor aunque no daban nada en la tele. Aún así, creo que tardé un mes o dos en volverla a agarrar. Poco a poco fue haciéndose rutinario, aunque nunca estaba más de 15 o 20 minutos viéndola. Mis medidas de seguridad eran trabar la puerta, dejar la cinta en el mismo segundo de siempre y quitarle cuidadosamente todo el polvo para que no se vieran mis huellas, sin pensar lo raro que pudiera resultar que una cinta que lleva 6 meses en lo alto de un armario no tenga polvo.

El contenido de la cinta lo recuerdo vagamente. A la rubia de la escalera la tengo grabada a fuego, y luego había más escenas sueltas, sin hilo argumental. Solo grandes pechos y sobretodo sexo anal. Sólo en una escena había sexo vaginal, pero enseguida cambiaban. Y otra de dos mujeres, que me dejó totalmente perturbada, que obviamente acababan introduciéndose dedos y objetos por el ano.

Esto dejó mi mente confundida por bastante tiempo, aprendiendo lo que significaba coger, encular, mamar, vibrador, acabar, concha, verga, huevos... Ya que todo giraba en aquella película entorno al sexo anal, creí firmemente que era porque las mujeres no querían quedarse embarazadas, ya que en la escuela nos dieron una charla sobre sexualidad y me fijé en que ninguno de los hombres de la película llevaba preservativo. Más o menos un año más tarde, de paseo con el colegio discutimos entre varios chicos y chicas sobre sexo, como empezaba a ser habitual en este tipo de salidas. Una de las chicas insistía en que las mujeres no podían hacerlo antes de casarse, porque dejabas de ser virgen, a lo que el muchacho le respondió que por el culo se podía, y seguías siendo virgen. Todos rieron y lo llamaron cerdo, recriminándo lo asqueroso que debía ser. A mí no me pareció asqueroso. Por aquella época hacía meses que me masturbaba.

Recordar con detalle y orden preciso cosas que una hizo hace tanto tiempo no es fácil. Recuerdo la primera masturbación en el sofá, con los pantalones y la bombacha en los tobillos. Había sentido ya "cosquillas" en la ducha, pero era algo totalmente casual, y sin entretenerme más de unos segundos. Aquella primera vez, en cambio, fue totalmente a conciencia.

La humedad y contracciones que sentía desde hacía tiempo se volvían extremadamente intensas cuando cerraba las piernas con fuerza, o apretaba la vulva con la palma de la mano, por encima de la ropa. Inevitablemente, acabé metiendo la mano por dentro, multiplicándose la sensación. La ropa estorbaba, así que me baje primero los pantalones, en un par de minutos la bombacha, y mientras me tocaba alocadamente frente al televisor, me corrí. Quedé pensativa unos minutos, sorprendida, un poco confundida pero totalmente segura de que jamás me había sentido tan bien. Cuando fui recuperando la compostura, recuerdo haberme olido los dedos, extrañada.

A partir de ese momento, el recurso de la película no fue tan constante, y mis masturbaciones, casi diarias. Prácticamente todos los días, era lo primero que hacía al volver del colegio. A medida que pasaba el tiempo, fui perdiendo los temores a ser descubierta, y a sentirme bien con lo que hacia. Me creía más mayor, más madura, distinta a las demás chicas, y mucho más segura.

A temporadas dejaba de hacerlo, para volver con fuerza durante unos días, a tres o cuatro pajas diarias, y luego tomar un ritmo más normal. Aprendí a hacer el mínimo ruido cuando me masturbaba con mis padres en casa, abriendo la canilla cuando lo hacía en el baño, o boca abajo en mi cama por las noches, mordiendo la almohada, por si se me escapaba algún gemido que me delatara.

De las primeras puramente físicas, recreándome en las sensaciones, fui pasando a crearme locas fantasías, en las que era sodomizada por un chico mayor del colegio, o chupaba ansiosamente las vergas de actores o de los integrantes de algún grupo musical de turno. En estas últimas, me metía tres dedos en la boca a modo de polla, que intentaba mantener inmóviles para obligarme a mover la cabeza, y chuparlos de arriba a abajo.

En esa época, empece a dejar de ir con mis padres a todas partes, y quedándome sola los fines de semana cuando se iban a comer o a cenar con amigos, al cine... Eran esos momentos cuando me sentía lo suficientemente tranquila como para poner mi película y entregarme a largas sesiones masturbatorias, desnuda, estirada sobre un almohadón para no dejar manchas en el sofá. El absurdo miedo al embarazo y a perder la virginidad en un acto onanista, hicieron que fueran pocas las veces que me hundiera en mi vagina algún dedo, y jamás me introduje nada. Pero al cabo de un tiempo empecé a sentir la necesidad de meterme algo en el cuerpo.

Y los fibrones gruesos, esos de subrayar, fluorescentes, fueron la primera opción, y por supuesto, por el culo; antes incluso que un dedo. Los chupaba bien, y masajeaba el esfínter con dedos bien ensalivados, y procedía a meterme el fibrón. La nula dilatación y escasa lubricación lo hacían doloroso al principio, y molesto hacia el final, pero los escandalosos orgasmos que conseguía, mucho más intensos que con las caricias, hacían que no me echara atrás.

Lo que si empezó a no gustarme era cuando los manchaba, y por más que lavara el fibrón, el olor a mierda quedaba como impreso durante un par de días. Una de esas tardes, el olor me empezó a cortar la inspiración, así que, desnuda como estaba, me dirigí a la ducha a lavarme bien. Gradué el chorro de la flor de la ducha para que saliera estrecho y con fuerza, ya que el agua más repartida apenas hacía nada. En cuclillas, tuve que apretar bien el chorro en mi culo para conseguir que entrara, produciéndome una extraña y contradictoria sensación. Solté el agua sucia y con pequeños restos de excrementos y repetí la operación un par de veces más, hasta que el agua salió totalmente limpia. La sorpresa me la llevé al llevar mis dedos al culo: estaba totalmente abierto, como una flor, pero mis dedos no entraban sin ocasionar molestias. Escupí en ellos abundantemente, y me metí un dedo, dos, tres. Jugueteé admirada con mi culo, lo estiré, movía los dedos como haciendo cosquillas por dentro, y empecé a meterlos y sacarlos. Para esos momentos, me sentía más caliente que en toda mi vida, y me masturbaba frenéticamente con mi mano izquierda mientras metía cada vez con más fuerza y velocidad los tres dedos en mi culo. El orgasmo casi logró que me cayera. Me sequé como pude y volví al salón, donde me masturbé de la misma forma, pero frente al televisor, estirada, con las rodillas en mi pecho.

Poco a poco fui conociendo mi cuerpo, mis reacciones, cómo se comportaba mi culo. Me estrujaba las tetas, cada vez mayores y cada vez menos dolorosas, me lamia los pezones, y empecé a usar todo tipo de cosas en mi culo. Pasaron los mencionados fibrones, zanahorias, velas y hasta un bote de desodorante cuando me sentía aventurera. En unos meses, sabia qué cosas de casa estaban descartadas como lubricantes y qué otras eran útiles, ya que aguantaban más tiempo la lubricación y no me daban escozores. Alternaba entre algunas cremas, margarinas, mantecas, aceites. Alternaba los productos para que no resultara demasiado sospechoso que se agotaran tan rápido.

La época más frenética en cuanto a mis masturbaciones anales fue al acabar el curso. Un mes sola en casa todo el día me sirvió para andar desnuda casi todo el tiempo, meterme de todo y probar distintos lugares de la casa, distintas posturas.

Fue en esos días cuando mis fantasías de ser obligada por uno o varios chicos se hicieron más intensas. Me imaginaba inocente y virtuosa, muy enamorada de un chico que, con engaños, me llevaba a su casa, donde estaban esperando sus amigos, y me obligaban a chupársela a todos, para después casi arrancarme la ropa y cogerme por el culo violentamente, por turnos, mientras otro me obligaba a chuparsela, a pesar de mis quejas y súplicas. Supongo que era una manera de decirme a mi misma que nada de eso estaba mal, ya que no era culpa mía. Días después, estaba en el auto con mis padres, como cada año, a punto de pasar un mes entero en el pueblo.


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